El Mundo en su cabeza

Ya sé que ha salido en todos los diarios y que no aporta mucho mi mención, pero no quería dejar de referirme a Stephen Wiltshire, por lo sorprendidísima que me ha dejado toda la mañana. También un poco envidiosa, por qué no decirlo.

Stephen Wiltshire es inglés y, después de recorrer muchas grandes ciudades ha parado en Madrid para llevar a cabo el último de sus proyectos.

Para los que no hayáis oído hablar de él, os cuento un poco quién es este genio. Su infancia estuvo marcada por el autismo, que hizo que no aprendiese a hablar hasta los nueve años. Sin embargo, su silencio le servía para estar atento al mundo y encontró en los lápices y el papel sus mejores aliados.

Las reproducciones de lo que veía eran tan fieles que se le podría calificar como una auténtica cámara fotográfica humana.  Pero lo mejor es que puede hacer sus reproducciones mucho tiempo después de haber grabado la imagen en su prodigiosa memoria.

Los Ángeles, en la cabeza de Stephen Wiltshire

Este dibujo de Los Ángeles, por ejemplo, fue hecho en el año 2007, pero él había presenciado la escena en 1991. ¡¡16 años antes!!

Aquí es cuando pienso en mí misma y me veo estrujándome el coco para recordar el nombre de tal o cual pueblo que visité en las vacaciones del año pasado, o por representar cuál era exactamente la plaza principal de cualquier gran ciudad que me dejó tan sorprendida cuando llegué a ella. Cada vez que me pasa esto y no soy capaz de recordarlo me siento en deuda con el sitio en cuestión y pienso que soy, de alguna forma, una insensible porque olvido cosas que sin duda fueron geniales.

Por eso no he podido evitar compararme con Stephen Wiltshire y pensar qué fabuloso sería tener su memoria y ser capaz de tener archivado cada pequeño rincón del mundo que se visita. Pero bueno, como sé que eso no va a poder ser nunca, siempre voy con mi cámara a cuestas… :)

Para acabar, aquí os dejo la dirección de su web, para que podáis disfrutar como yo lo hice. http://www.stephenwiltshire.co.uk/

Add comment 11 Febrero 2008

El Mundo en mi cabeza

Interesante tarea he tenido estas Navidades.

Vino Maca y, con el libro de Ciencias Sociales de mi primo Damián, que por tercer año hace 2º de ESO, nos dedicamos las dos a aprender. ¿A aprender qué? Pues las capitales del mundo. Las de los países más grandes y las de los que sólo son puntitos en el mapa.

Algunas, aunque olvidadas, seguían en algún rincón de nuestra cabeza, y sólo era necesario hacerlas despertar. Otras, las escuchamos a diario en los telediarios, en conversaciones por la calle, tenemos amigos que han estado allí y vienen a nuestra mente con rapidez. Pero otras, muchas, eran para nosotras completas desconocidas. Uagadugú, Kigali, Bendar Seri Begawan, Bakú, Basseterre… Y tantas y tantas otras.

Y cuanto más miras el mapa, más te avergüenzas de lo poco que sabes. Y cuanto más miras el mapa más te avergüenzas de la educación tan centralista que hemos recibido.

Europa la tenemos casi superada y América, prácticamente también, por aquello de la conquista.  Oceanía, como son pocas, se aprende rápido. Pero ¿qué hay de Asia y, sobre todo de África? Yo no aprendí los nombres de sus países y mucho menos sus capitales. Si me sacaban de China, Japón, Marruecos o Egipto me costaba sudores situarlos en el mapa.

Maca y yo hemos comenzado por África, el continente olvidado y, para mí, el más llamativo, el más sugerente y el más misterioso. Quizá ése sea nuestro tributo a esos pueblos olvidados que no tienen cabida en nuestros libros de texto. Así sabemos que existen. Así están en mi cabeza.

 Zimbabwe, ¿capital?…

Harare.

2 comments 21 Enero 2008

Londres no está en Inglaterra

Aprovechando que iba a visitar a mi hermana, que está viviendo en Inglaterra, decidí llevarle como regalo una guía de viaje, para que también ella pueda pulular a gusto por allí.

Me fui a la Fnac feliz con mi idea y me dispuse a hojear lo que había para llevarle a mi hermana sólo la mejor opción. Para mi tristeza descubrí que la mayoría de las guías editadas (al menos las que tenían allí) son sólo de Londres, y las que recogen también el resto de Inglaterra tenían un precio prohibitivo que mi maltrecho bolsillo prenavideño no podía permitirse. Ya ni hablar de aquéllas pocas que recorren el Reino Unido al completo.

Yo estaba segura de que la guía perfecta tenía que estar en alguna parte, así que salí en su búsqueda y recorrí varias librerías de la ciudad. Nada, en todos lados lo mismo…

Finalmente volví al punto de partida, es decir, la Fnac, y me decidí por la Trotamundos, pensando, quizás inocentemente, que su buen precio se debía a que estaba dirigida más bien a mochileros y jóvenes con presupuesto reducido. Después de un vistazo no me pareció que el contenido estuviese mal, así que se vino conmigo a casa. Y yo, contentísima con mi compra.

La sorpresa me la llevé cuando, más tranquilamente, ya en el sofá de casa, quise saber qué opina el señor Trotamundos sobre la capital inglesa. Pues simplemente no existe. Bueno, han tenido el detalle de reseñar brevemente los “alrededores de Londres” pero ni rastro de la capital.

Creo que eso explica su precio. Pero Inglaterra sin Londres sería como un huevo frito donde no se puede mojar pan. O como ir a la nieve y no tirarle una bola a un amigo. O como el Gordo sin el Flaco. En fin, Inglaterra sin Londres no es lo mismo.

Definitivamente, no acerté con la compra. La próxima vez tendré que pararme a mirar más en detalle el contenido. Pero por ahora, lo siento, Maca, tendrás que conformarte con pulular por los alrededores de Blackpool.

La susodicha gu�a

Add comment 21 Diciembre 2007

El día que conocí a un samurai

Puede parecer mentira, pero un día conocí a un samurai. Un auténticio samurai; de los de Japón, de los de virtudes intachables. O al menos, eso decía él.

Fue en un tren alemán, camino de Berlín y, si no me acuerdo mal, era el 3 de agosto. Era la primera vez que iba a Berlín, así que quería leer un poco mi guía para saber qué quería ver y hacer y organizar un poco el fin de semana.

Pero en mi vagón de primera clase (uf, creo que la primera y única vez que he viajado en primera) iba un hombre de negocios al que le aburría un poco el trayecto. Cuando pasó el revisor -revisora en este caso- y le hizo pagar un suplemento por no sé qué motivo, empezó a protestar y explicarme todas sus desventuras con Deutsche Bahn. Yo sólo le entendí la mitad, pero a todo le asentía muy amablemente.

Después de varios intentos por su parte de entablar conversación y otros tantos míos por retomar mi lectura tuve que aclararle que no es que fuese medio tonta y por eso sólo respondía con monosílabos, sino que no era alemana y que a veces no lo pillaba todo a la primera. Eso fue suficiente para animar al hombre a entablar conversación… -¿Y de dónde eres? ¿Y qué haces aquí? ¿Y cómo aguantas tanto tiempo en un país tan frío?…-. Total, que cerré definitivamente mi guía, decidí que al menos era un buen momento para practicar el idioma y comencé yo también a darle palique.

Me enteré de que era dueño de una empresa, con unos sesenta trabajadores, y dedicada a la producción de repuestos para automóviles, aunque me quedé con las ganas de saber qué empresa concretamente. También supe que no conoció a su padre y vivió siempre con su padrastro y de muchas más cosas de las que ahora no me acuerdo y que, además, no vienen al caso.

La conversación empezó a interesarme realmente cuando me confió la fórmula secreta para que su empresa fuese todo un éxito: los astros. Claro que en ese punto también comencé a sospechar que tras las gafas y la corbata se escondía un auténtico pirado.

Según me contó, cada trabajador tenía un sitio asignado según su signo del zodiaco y sólo podía sentarse con gente con la que fuese a llevarse bien, según las estrellas. Por supuesto, esto era importantísimo a la hora de seleccionar nuevo personal y, si ya había demasiados Leos, habría que ponerse a buscar a un Capricornio… Al menos, gracias a él, descubrí por qué mis dos compañeros no podían ni verse. ¡¡Uno es géminis y el otro sagitario!!  ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Tan puesto como estaba el hombre en estos temas, no me extrañó nada cuando me comentó que había tenido contactos con su padrastro, después de que éste muriese y que así pudo conocer el verdadero sentido de la vida.

Toda esta conversación la iba entremezclando con lecciones de la historia de Alemania, avisos cada vez que veía un ciervo por la ventana o indicaciones de que pasábamos ante grandes factorías mandadas a construir por Hitler. Ah, y cada media hora aproximadamente repetía que no podía perderme Potsdam,la ciudad más bella del país, a pesar de que él venía de Múnich.

Pero sin duda, la revelación más sorprendente del viaje fue el saber que estaba ante un verdadero samurai. Como descendiente de japoneses que decía ser, concretamente de Yamamoto (sí, el de Pearl Harbour), él podía ver reflejadas en su persona cualidades propias de un samurai, como la valentía o la nobleza. En ese momento yo ya había comenzado a ver sus ojos de chino y el pelo más lacio de lo normal para un occidental cualquiera… Pero lo que ya no dejaba dudas sobre su aténtica naturaleza era la regresión hipnótica que había realizado años atrás y en la que quedaba demostrado que había sido un guerrero japonés en el siglo XIII.

Después, llegamos a Berlín Spandau, se despidió amablemente, me deseó un buen fin de semana y se fue como el hombre de negocios que parecía ser.

Add comment 30 Noviembre 2007


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