Posts filed under 'Seres peculiares'

Sin trampa ni cartón

¿Alguien sabe cómo era la ciudad de Bamako en los años 60?…

Pues yo tampoco, pero desde el viernes pasado, gracias a Malick Sidibé, puedo hacerme una idea de parte de la fauna que poblaba la capital malí hace unos cuarenta años.

Los cuatro camaradas, 1967

Los cuatro camaradas, 1967

Sidibé, nacido en Soloba (Mali) en 1936, emigró a Bamako para formarse como artesano y con veintitantos años montó su propio estudio fotográfico en el ajetreado barrio de Bagadadji.

Gran parte de la juventud del momento desfiló ante sus objetivos, con poses estudiadas y cinematográficamente artificiales. Jóvenes que, haciendo alarde de sus más preciados tesoros, dejan constancia de la euforia del momento por la incipiente modernización y la recién adquirida independencia del país.

Monsieur Dembelé, 1964

Monsieur Dembelé, 1964

Delante de su precario decorado desfilaron boxeadores, jovencitas voluptuosas, familias con recién nacidos y todo aquél que quería quedar inmortalizado en una pequeña postal, conformando un auténtico crisol de la sociedad bamakesa de la epoca.

Ahora podemos disfrutar en Sevilla de esta fotografía pura, sin trampa ni cartón, y de verdad merece la pena disfrutar unos minutos de las miradas orgullosas que nos ofrece.

Hasta el 28 de septiembre en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, en el Monasterio de La Cartuja. Por cierto, los martes es gratis. ;)

1 comment 6 Septiembre 2008

De profesión, viajera

Yo de mayor quiero ser viajera.

Por eso escribí rápidamente a un concurso de Viajes Barceló cuyo premio eran seis grandes viajes a distintas partes del mundo durante un año. No se me ocurre ningún premio mejor…

Aunque no gané la ansiada vuelta al mundo, aquí os dejo el vídeo con el que participé. ¡Poned fuerte los altavoces, que la música es lo que más me gusta! :)

p.d. Gracias, Paco, por tu colaboración…

6 comments 24 Julio 2008

El día que conocí a un samurai

Puede parecer mentira, pero un día conocí a un samurai. Un auténticio samurai; de los de Japón, de los de virtudes intachables. O al menos, eso decía él.

Fue en un tren alemán, camino de Berlín y, si no me acuerdo mal, era el 3 de agosto. Era la primera vez que iba a Berlín, así que quería leer un poco mi guía para saber qué quería ver y hacer y organizar un poco el fin de semana.

Pero en mi vagón de primera clase (uf, creo que la primera y única vez que he viajado en primera) iba un hombre de negocios al que le aburría un poco el trayecto. Cuando pasó el revisor -revisora en este caso- y le hizo pagar un suplemento por no sé qué motivo, empezó a protestar y explicarme todas sus desventuras con Deutsche Bahn. Yo sólo le entendí la mitad, pero a todo le asentía muy amablemente.

Después de varios intentos por su parte de entablar conversación y otros tantos míos por retomar mi lectura tuve que aclararle que no es que fuese medio tonta y por eso sólo respondía con monosílabos, sino que no era alemana y que a veces no lo pillaba todo a la primera. Eso fue suficiente para animar al hombre a entablar conversación… -¿Y de dónde eres? ¿Y qué haces aquí? ¿Y cómo aguantas tanto tiempo en un país tan frío?…-. Total, que cerré definitivamente mi guía, decidí que al menos era un buen momento para practicar el idioma y comencé yo también a darle palique.

Me enteré de que era dueño de una empresa, con unos sesenta trabajadores, y dedicada a la producción de repuestos para automóviles, aunque me quedé con las ganas de saber qué empresa concretamente. También supe que no conoció a su padre y vivió siempre con su padrastro y de muchas más cosas de las que ahora no me acuerdo y que, además, no vienen al caso.

La conversación empezó a interesarme realmente cuando me confió la fórmula secreta para que su empresa fuese todo un éxito: los astros. Claro que en ese punto también comencé a sospechar que tras las gafas y la corbata se escondía un auténtico pirado.

Según me contó, cada trabajador tenía un sitio asignado según su signo del zodiaco y sólo podía sentarse con gente con la que fuese a llevarse bien, según las estrellas. Por supuesto, esto era importantísimo a la hora de seleccionar nuevo personal y, si ya había demasiados Leos, habría que ponerse a buscar a un Capricornio… Al menos, gracias a él, descubrí por qué mis dos compañeros no podían ni verse. ¡¡Uno es géminis y el otro sagitario!!  ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Tan puesto como estaba el hombre en estos temas, no me extrañó nada cuando me comentó que había tenido contactos con su padrastro, después de que éste muriese y que así pudo conocer el verdadero sentido de la vida.

Toda esta conversación la iba entremezclando con lecciones de la historia de Alemania, avisos cada vez que veía un ciervo por la ventana o indicaciones de que pasábamos ante grandes factorías mandadas a construir por Hitler. Ah, y cada media hora aproximadamente repetía que no podía perderme Potsdam,la ciudad más bella del país, a pesar de que él venía de Múnich.

Pero sin duda, la revelación más sorprendente del viaje fue el saber que estaba ante un verdadero samurai. Como descendiente de japoneses que decía ser, concretamente de Yamamoto (sí, el de Pearl Harbour), él podía ver reflejadas en su persona cualidades propias de un samurai, como la valentía o la nobleza. En ese momento yo ya había comenzado a ver sus ojos de chino y el pelo más lacio de lo normal para un occidental cualquiera… Pero lo que ya no dejaba dudas sobre su aténtica naturaleza era la regresión hipnótica que había realizado años atrás y en la que quedaba demostrado que había sido un guerrero japonés en el siglo XIII.

Después, llegamos a Berlín Spandau, se despidió amablemente, me deseó un buen fin de semana y se fue como el hombre de negocios que parecía ser.

Add comment 30 Noviembre 2007


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