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El día que conocí a un samurai

Puede parecer mentira, pero un día conocí a un samurai. Un auténticio samurai; de los de Japón, de los de virtudes intachables. O al menos, eso decía él.

Fue en un tren alemán, camino de Berlín y, si no me acuerdo mal, era el 3 de agosto. Era la primera vez que iba a Berlín, así que quería leer un poco mi guía para saber qué quería ver y hacer y organizar un poco el fin de semana.

Pero en mi vagón de primera clase (uf, creo que la primera y única vez que he viajado en primera) iba un hombre de negocios al que le aburría un poco el trayecto. Cuando pasó el revisor -revisora en este caso- y le hizo pagar un suplemento por no sé qué motivo, empezó a protestar y explicarme todas sus desventuras con Deutsche Bahn. Yo sólo le entendí la mitad, pero a todo le asentía muy amablemente.

Después de varios intentos por su parte de entablar conversación y otros tantos míos por retomar mi lectura tuve que aclararle que no es que fuese medio tonta y por eso sólo respondía con monosílabos, sino que no era alemana y que a veces no lo pillaba todo a la primera. Eso fue suficiente para animar al hombre a entablar conversación… -¿Y de dónde eres? ¿Y qué haces aquí? ¿Y cómo aguantas tanto tiempo en un país tan frío?…-. Total, que cerré definitivamente mi guía, decidí que al menos era un buen momento para practicar el idioma y comencé yo también a darle palique.

Me enteré de que era dueño de una empresa, con unos sesenta trabajadores, y dedicada a la producción de repuestos para automóviles, aunque me quedé con las ganas de saber qué empresa concretamente. También supe que no conoció a su padre y vivió siempre con su padrastro y de muchas más cosas de las que ahora no me acuerdo y que, además, no vienen al caso.

La conversación empezó a interesarme realmente cuando me confió la fórmula secreta para que su empresa fuese todo un éxito: los astros. Claro que en ese punto también comencé a sospechar que tras las gafas y la corbata se escondía un auténtico pirado.

Según me contó, cada trabajador tenía un sitio asignado según su signo del zodiaco y sólo podía sentarse con gente con la que fuese a llevarse bien, según las estrellas. Por supuesto, esto era importantísimo a la hora de seleccionar nuevo personal y, si ya había demasiados Leos, habría que ponerse a buscar a un Capricornio… Al menos, gracias a él, descubrí por qué mis dos compañeros no podían ni verse. ¡¡Uno es géminis y el otro sagitario!!  ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Tan puesto como estaba el hombre en estos temas, no me extrañó nada cuando me comentó que había tenido contactos con su padrastro, después de que éste muriese y que así pudo conocer el verdadero sentido de la vida.

Toda esta conversación la iba entremezclando con lecciones de la historia de Alemania, avisos cada vez que veía un ciervo por la ventana o indicaciones de que pasábamos ante grandes factorías mandadas a construir por Hitler. Ah, y cada media hora aproximadamente repetía que no podía perderme Potsdam,la ciudad más bella del país, a pesar de que él venía de Múnich.

Pero sin duda, la revelación más sorprendente del viaje fue el saber que estaba ante un verdadero samurai. Como descendiente de japoneses que decía ser, concretamente de Yamamoto (sí, el de Pearl Harbour), él podía ver reflejadas en su persona cualidades propias de un samurai, como la valentía o la nobleza. En ese momento yo ya había comenzado a ver sus ojos de chino y el pelo más lacio de lo normal para un occidental cualquiera… Pero lo que ya no dejaba dudas sobre su aténtica naturaleza era la regresión hipnótica que había realizado años atrás y en la que quedaba demostrado que había sido un guerrero japonés en el siglo XIII.

Después, llegamos a Berlín Spandau, se despidió amablemente, me deseó un buen fin de semana y se fue como el hombre de negocios que parecía ser.

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30 noviembre 2007 at 8:29 pm Deja un comentario


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